29 junio 2010

Noticias de Editorial Teseo - Empresa incuBAda en el CMD


En noviembre de 2009 publiqué una nota en el diario Perfil en la que subrayaba la importancia de contar con una estrategia pública y privada de digitalización. Contra lo que muchos suponen, la digitalización no representa el anhelo de ninguna corporación tecnológica en particular, sino que constituye una tendencia irreversible de la cultura, tanto como lo fue la impresión mecanizada y a gran escala introducida en Europa en el siglo XV.
Numerosos críticos (ChartierEco) han alertado contra los peligros de la digitalización de las bibliotecas (en la medida en que el escaneo trastocaría la esencia misma de los contenidos, que habrían sido pensados originalmente como textos en papel) y contra la fragilidad de los soportes digitales (en efecto, los diferentes discos, diskettes y cualquier otra forma de almacenamiento de información quedan obsoletos en muy poco tiempo).

Lo que estos veteranos pensadores no tienen en cuenta es que muchos de los textos que están en papel en realidad bien pudieron haber sido pensados para otro formato, por ejemplo para ser recitados oralmente, y nadie acusó a Aldo Manucio, el genial editor, de haber violentado la palabra de Sófocles o de Esquilo con sus publicaciones impresas gracias a la máquina de Gutenberg. En mi opinión, Chartier confunde (deliberadamente o no) bibliotecas con museos, y su presunta defensa del patrimonio cultural de la humanidad no es más que un reflejo reaccionario.
Por otra parte, la fragilidad no es privativa de los soportes digitales, sino que también afecta, y muy seriamente, al papel. Basta con recordar el lamentable episodio de los documentos del siglo XVII y XVIII que se perdieron para siempre tras una filtración de agua en la ciudad argentina de Córdoba, la semana pasada. De haber sido digitalizados y resguardados en servidores externos (como suele hacerse), esos textos al menos podrían estar hoy siendo mostrados en pantalla, sin inconvenientes.
Estos penosos acontecimientos muestran la urgencia de contar con una estrategia general de digitalización de patrimonios escritos. Seguir acusando a la digitalización de violentar los libros constituye un verdadero perjuicio contra las generaciones futuras, y ya es tiempo de que se activen políticas públicas potentes que puedan resguardar nuestro patrimonio cultural de las inclemencias del mundo analógico.



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